El Sr. Surrealista, en plena época de exámenes, decide crear un concurso. Sí, un concurso. Un poco surrealista la cosa. Y yo, por olvidarme de los exámenes un poco -mañana tengo el de mates- estoy participando.
El concurso trata de lo siguiente: relatar por qué la vida de uno es surrealista.
Yo sólo os pondré dos ejemplos.
1.
Tan ricamente me levantaba yo para ir al instituto. Bueno, quien dice ricamente dice “¡Maldito despertador de los huevos que me despierta a las 6 todos los días!”. A las 6, sí, ya me dirán… Y todos los días igualitos.
Bueno, lo dicho, que me levantaba para ir al instituto. Allá por octubre del año pasado. Yo nunca me levanto con muchas neuronas, por no decir ninguna, en funcionamiento. Soy una de las pocas chicas que se despiertan y se ponen lo primero que ven, sin siquiera fijarse. Pues bien, esa mañana, no me fijé en lo que me ponía.
Después de varios intentos conseguí ponerme unos vaqueros y una camiseta negra -como no-. Tuve suerte de que mis neuronas tuvieron la mínima capacidad para poder acordarme de que hacía frío y coger la chaqueta.
Fui al baño, cogí el peine y me peiné, otra vez, quien dice peinarse dice coger cuatro pelos y hacer una coleta. Ese día me iban a recordar por llevar las legañas pegadas a los párpados y los pelos en órbita alrededor de la cabeza.
Al salir apuradamente con mi mochila a cuestas reflexioné sobre la vida. Y la veía de una manera distinta. Como más llevadera. Reflexionando agaché la cabeza y me di cuenta de que llevaba mis zapatillas de andar por casa. Pero no unas zapatillas de andar por casa normales, no, unas azules con forma de rana.
Claro, yo no podía ir así al instituto -tenía la suficiente influencia como para que se pusieran de moda, y no podía hacerle eso al mundo-.
No os voy a decir qué hice, que eso sería joder la historia. Prefiero dejar cosas a la imaginación.
2.
Todos -o casi todos- sabéis que hago taekwondo. Pues bien. En un entrenamiento, mientras le aguantaba la manopla -se pone en la mano y está más o menos rechoncho, sirve para pegar- a una compañera de taekwondo -nueva, bueno, nueva no, ya llevaba tiempo, pero tiene poca sangre y no ha pillado muy bien la técnica- y en plena acción de bandal trasero el pie pasó por debajo de mi antebrazo derecho y me cortó.
No, no llevaba un cuchillo en el pie, llevaba algo peor: ¡su uña!
Porque sí, señoras y señores, me arrancó un cacho bien grande de carne con la uña de su pie. Y tengo la cicatriz -si algún día nos vemos en persona sé que querréis verla pájaros-. Que no digamos que es bonita…
Fui víctima de cachondeo puro durante muuucho tiempo. E Ina todavía me lo recuerda y se ríe de mí…
Pero bah, yo también me río de mí misma.
La historia no acaba aquí no.
Otro día que entrenamos -esta vez me tocó combatir con mi entrenador…- éste último me dio una patada en el brazo -en la parte de arriba- y también me cortó. Pero yo no me enteré. La patada que me dio en la cabeza se notaba más…
Me enteré de cuando estaba en el coche. Ví tres rastros de sangre en la mano derecha. Y yo le dije a mi hermana -que por esa época había venido-: “¿Has visto? Sangre. Será de alguno de mis dedos” -sí, me como los padrastros…-.
Miro los dedos y veo que no tengo nada. Y mi hermana me dice: “Es de tu brazo” Y al ver mi brazo veo una herida. Me quedé un poco flipada.
Pero en fin, aquí me tenéis. Tengo muchísimas más cicatrices. Algún día serán objeto de algún post…
Mañana toca Blogs recomendables. ¿Quién será el afortunado?
Dark kisses…